La entrada de decenas de miles de personas en Ceuta no es solo una crisis migratoria. Expone el poder de Mohamed VI, la descolonización pendiente del Sáhara Occidental y la contradicción de una Europa que necesita trabajadores extranjeros mientras convierte al inmigrante en una amenaza.
El desempleo juvenil, la desigualdad y la falta de expectativas empujan a numerosas personas a abandonar Marruecos; los salarios, la seguridad y las oportunidades laborales las atraen hacia Europa. Sin embargo, la magnitud de esta movilización obliga a preguntarse no solo por qué intentaron cruzar, sino quién podía impedirlo y por qué fallaron los controles marroquíes.
Marruecos concentra en la Corona las decisiones estratégicas sobre seguridad, migración y relaciones con España. Si la vigilancia se redujo deliberadamente, las personas fueron utilizadas como instrumento de presión diplomática; si no existió una decisión política, se produjo un grave fracaso de seguridad. Ninguna de ambas posibilidades permite responsabilizar exclusivamente a España.
La crisis de 2021 ya demostró que la cooperación migratoria puede convertirse en moneda de cambio entre Estados. La externalización de las fronteras ha llevado a la Unión Europea a delegar parte del control migratorio en terceros países, otorgándoles capacidad de presión política.
A ello se suma el conflicto del Sáhara Occidental, cuya descolonización permanece inconclusa. La posición de España respecto a este territorio continúa condicionando sus relaciones con Marruecos, mientras la migración, la cooperación económica y la vigilancia fronteriza forman parte de una negociación política más amplia.
Europa enfrenta además una contradicción estructural. Sus economías demandan mano de obra extranjera para sostener sectores esenciales, pero parte del discurso político presenta a los inmigrantes como una amenaza. La frontera no solo controla el ingreso; también clasifica a las personas según su origen, recursos y utilidad económica.
Quienes llegaron a Ceuta no eran una masa anónima, sino jóvenes, trabajadores, familias y menores impulsados por la falta de oportunidades. Antes de convertirse en migrantes irregulares, eran personas cuyos derechos también debían ser protegidos.
Ceuta seguirá siendo un espacio de tensión mientras persistan la desigualdad, el conflicto del Sáhara Occidental y una política europea que delega el control migratorio sin resolver sus causas. La estabilidad solo será posible mediante una política común que combine seguridad, cooperación internacional, desarrollo y pleno respeto a los derechos humanos.

Autor: Ph. D. Julia Claudina Mancilla Heredia
Doctora en Educación, Complejidad y Desarrollo
Especialista en Migración y Co Desarrollo
