Bolivia no necesita economistas de consigna. Necesita economistas que sepan leer la calle, el anaquel, la factura, el inventario, el salario, el crédito, el abastecimiento interno y las reservas internacionales netas. La economía real no espera al decreto, no se arrodilla ante la propaganda y no se acomoda a la fantasía de quienes hablan desde la comodidad del desconocimiento.
Durante años se repitió que el dólar oficial era la referencia absoluta. Se hizo creer que toda la economía giraba alrededor de un tipo de cambio congelado. Pero la realidad fue más dura, más concreta y más reveladora: Antes de la devaluación oficial, muchos importadores ya habían devaluado sus costos. No compraban, no reponían inventarios ni calculaban precios con el viejo dólar oficial. Trabajaban con un dólar cercano a Bs 10, porque esa era la referencia efectiva para conseguir divisas, pagar comisiones, asumir demoras bancarias, cubrir riesgo de reposición y protegerse frente a la escasez.
Por eso, cuando Bolivia ingresó al tipo de cambio flexible, la devaluación no comenzó: Se reconoció formalmente una realidad que el mercado ya había impuesto. El Banco Central de Bolivia registró para el 30 de junio de 2026 una cotización oficial de Bs 9,76 por dólar, y reportes previos señalaron el inicio del nuevo régimen con un tipo de cambio de Bs 9,73 desde el lunes 29 de junio de 2026.
Ahí aparece la primera contradicción de los indoctos de la economía: Hablan como si la devaluación recién hubiera nacido en la pizarra oficial, cuando ya estaba incorporada en el costo de reposición de medicamentos, repuestos, fertilizantes, maquinaria, equipos informáticos, alimentos importados, materiales de construcción e insumos industriales. La devaluación no apareció primero en el Banco Central; apareció primero en el mercado paralelo, en la frontera, en el precio de reposición, en la factura y en el miedo empresarial a no poder comprar nuevamente la misma mercadería.
El país debe entender una diferencia fundamental: Una cosa es la devaluación oficial y otra cosa es la devaluación efectiva. La primera se publica en una tabla institucional. La segunda se siente en la farmacia, en la ferretería, en el taller mecánico, en el supermercado, en el transporte, en el crédito comercial y en el bolsillo del ciudadano. Bolivia ya había sufrido una devaluación efectiva antes de la formalización cambiaria.
Reuters informó que Bolivia dejó atrás una paridad cambiaria mantenida por aproximadamente 15 años, con un tipo de cambio oficial que permanecía alrededor de Bs 6,86 para compra y Bs 6,96 para venta. También señaló que la escasez de dólares y la caída de reservas habían alimentado un mercado paralelo, y que más recientemente el Gobierno utilizaba una tasa referencial cercana a Bs 9,90 para buena parte de las operaciones comerciales y financieras. Ese dato es clave: El dólar de Bs 10 no era una ocurrencia del comerciante; era una referencia práctica de la economía real.
Por eso están desubicados quienes todavía razonan como si Bolivia siguiera viviendo en el mundo artificial del dólar barato, abundante y estable. Ese mundo ya no existía para el importador que debía reponer inventario. No existía para el empresario que necesitaba insumos. No existía para el comerciante que compraba con riesgo cambiario. No existía para el ciudadano que veía subir los precios antes de que el Estado admitiera la magnitud del problema.
La pregunta seria ya no es si Bolivia se devaluó. Bolivia ya se había devaluado: Primero en la calle, luego en la estructura de costos, después en los precios y finalmente en el tipo de cambio oficial. La pregunta correcta es otra: Cuánto de esa devaluación ya fue trasladada al consumidor, cuánto falta trasladarse, quiénes especularon por encima de sus costos reales, quiénes accedieron a dólares baratos y vendieron como si hubieran comprado caro, y quiénes usaron la crisis cambiaria para enriquecerse sobre el bolsillo del pueblo.
También debe desmontarse otra falsedad: Recortar gasto público no siempre es cortar corrupción. Recortar gasto público solo combate la corrupción cuando toca el gasto corrupto, el gasto parasitario, el sobreprecio, el contrato dirigido, el cargo político innecesario, la empresa pública deficitaria, la compra amañada y el privilegio burocrático. Si se recorta salud, educación, inversión productiva, mantenimiento vial o protección social, pero se mantiene intacta la red de negociados, no se ha combatido la corrupción; se ha castigado al ciudadano.
El verdadero ajuste no debe ser una tijera ciega. Debe ser bisturí institucional. Debe cortar privilegios, no derechos. Debe cerrar grifos de corrupción, no destruir capacidades públicas. Debe auditar compras, digitalizar procesos, transparentar contratos, recuperar activos mal habidos y sancionar el enriquecimiento ilícito. Un país serio no ajusta contra el pueblo; ajusta contra la mafia que vive del Estado.
La misma confusión aparece con las exportaciones. Exportar no puede significar vaciar el mercado interno. Exportar es virtud cuando nace de excedentes reales, productividad, calidad, diversificación, logística y valor agregado. Pero exportar mientras el pueblo enfrenta escasez, inflación, combustibles insuficientes o alimentos caros no es inteligencia económica; es irresponsabilidad distributiva.
Un país responsable primero garantiza abastecimiento interno y luego exporta excedentes. Primero cuida la mesa de su pueblo y luego conquista mercados externos. Primero produce con eficiencia y luego vende con estrategia. Exportar sin abastecer puede generar dólares, pero también puede provocar inflación, malestar social y deterioro del salario real. Por eso, exportar debe ser sinónimo de capacidad productiva, no de abandono del mercado interno.
Tampoco es correcto creer que exportar automáticamente reconstruye reservas internacionales netas. Las reservas crecen cuando las divisas entran, se formalizan, permanecen en el sistema financiero y superan las salidas por importaciones, deuda, subsidios, fuga de capitales, incertidumbre y desconfianza. Vender al exterior ayuda, pero no basta. Se necesita institucionalidad, credibilidad, disciplina fiscal inteligente, seguridad jurídica y una política cambiaria que no mienta.
La inflación tampoco se controla con discursos. Se controla con producción, abastecimiento, logística, estabilidad, confianza, disciplina fiscal, política monetaria creíble y control de expectativas. En una economía importadora, con escasez de divisas y devaluación efectiva previa, el traslado a precios no depende solo del tipo de cambio oficial. Depende del dólar de reposición, de la expectativa del comerciante, del costo del transporte, de la disponibilidad de inventarios y de la capacidad del Estado para impedir abusos sin destruir el mercado.
Bolivia está frente a una verdad incómoda: La devaluación oficial llegó tarde. El Estado reconoció después lo que el mercado ya había dicho antes. La calle habló primero. El anaquel habló primero. La factura habló primero. El importador habló primero. El salario perdió poder adquisitivo antes de que la pizarra institucional terminara de sincerarse.
Por eso, la tarea nacional no es repetir consignas atrasadas. La tarea es ordenar el mercado cambiario, transparentar costos, sancionar la especulación abusiva, cortar la corrupción real, proteger el salario, garantizar abastecimiento interno, exportar con inteligencia, recuperar confianza y reconstruir reservas internacionales netas.
El indocto grita recetas. El economista serio estudia causalidades. El primero cree que la economía empieza en el decreto; el segundo sabe que empieza en la producción, en el costo, en la confianza, en la moneda y en el bolsillo del ciudadano.
Bolivia no empezó a devaluarse cuando cambió la pizarra oficial. Bolivia ya se había devaluado en la calle, en el anaquel, en la factura y en el costo de reposición. Por eso, el debate serio no es repetir frases muertas. El debate serio es construir una política económica que deje de mentirse a sí misma y mire, por fin, la realidad de frente.

Post Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia
Doctor en Economía
Post Doctor en Formación de Investigadores
Director Regional Cbba. Contacto Económico
alfredomancillaheredia@gmail.com
