Supongamos que Bolivia no está en crisis por falta de recursos, ni por incipiente capacidad técnica. Está en crisis porque ha normalizado el incumplimiento como forma de gobernar.
Llevo años escribiendo sobre síntomas: El Fondo Indígena desfalcado, gasolina adulterada, corrupción judicial, decretos que suplantan la ley. Todos apuntan a lo mismo. No a un problema institucional cualquiera, sino a una máquina que fabrica desconfianza de manera sistemática. Cada promesa incumplida entrena a la ciudadanía a no creer. Cada funcionario que elude responder enseña que el poder no tiene que dar cuentas. Cada reforma anunciada y abandonada refuerza la sensación de que las palabras y el honor aquí no pesan.
La pregunta que me obsesiona no es ya cuál es la crisis, sino por qué un país inteligente, con recursos, con gente capacitada, sigue eligiendo líderes que demuestran casi por sistema su incapacidad para mantener una promesa. Paz y Lara llegaron juntos hace meses. Hoy son enemigos públicos. ¿La culpa? Que nunca definieron juntos un modelo. Que la lealtad entre ellos era circunstancial, no ideológica. Que gobiernan como si gobernar fuera un acto de supervivencia política inmediata y no de construcción de futuro.
Aquí es donde debo ser propositivo, porque el diagnóstico sin salida es solo queja.
Bolivia necesita cuatro cosas urgentes, trabajadas de manera simultánea.
Primera: Instituciones que hablen verdad. No decretos ambiguos, no respuestas parciales. Si el Estado no puede cumplir un compromiso, que lo diga públicamente, que explique por qué y presente alternativas. La ciudadanía perdona la incompetencia. Lo que no perdona es el engaño.
Segunda: Gobernantes con libertad moral. Actores políticos que no estén bajo coacción del cálculo inmediato, del ego, de redes de interés oculto. Que puedan decir «me equivoqué» sin que eso les cueste la carrera política.
Tercera: Un modelo de desarrollo explícito y compartido. Bolivia necesita dejar de ser gobernada de manera reactivamente. Requiere decirle al país qué quiere ser en diez años, cómo llegará ahí, quiénes ganan y quiénes pagan. Discutirlo públicamente. Permitir que se modifique la Constitución Política del Estado. Comprometerse colectivamente.
Cuarta: Ciudadanía vigilante pero no nihilista. La recuperación de confianza requiere que los bolivianos dejen de aceptar la evasión como respuesta normal. Que exijan que quien promete cumpla o rinda cuentas.
No son cosas que se arreglen con un decreto o una reforma institucional. Se arreglan cuando la ciudadanía empieza a exigir de verdad y los líderes empiezan a responder con honestidad. Cuando nombrar la herida, una y otra vez, deja de ser gesto literario y se convierte en acción política sostenida.
Bolivia puede volver a creer en su palabra. Pero no será de arriba hacia abajo. Será cuando ese movimiento de base, paciente pero inexorable, empiece a moldear el comportamiento de quienes gobiernan. Cuando la desconfianza sea tan costosa que la honestidad sea el único camino viable.
La confianza es parte importante en el análisis de la economía política. Se gasta fácil. Se recupera lentamente. Pero se recupera. Eso es lo que hay que construir ahora: No otro diagnóstico de la crisis. Una ruta clara de salida.
Autor: Post Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia
Doctor en Economía.
Posdoctor en Formación de Investigadores
Director Regional Cbba. Contacto Económico
