En los últimos años hemos oído hablar una y otra vez del “boom” gastronómico peruano y el impacto económico de la gastronomía. Y es que la cocina de nuestros vecinos se ha convertido en mucho más que platos sabrosos: es un motor económico que atrae turistas, genera empleos y proyecta al país a nivel mundial. Pero, ¿cómo lo lograron y qué podemos aprender en Bolivia?

El impacto económico de la gastronomía en Perú
Perú apostó fuerte por su cocina como un producto turístico. Según estudios recientes, decenas de miles de visitantes llegan cada año exclusivamente por la comida. Estos viajeros se quedan más tiempo y gastan más dinero que el turista promedio. De hecho, una cuarta parte del gasto de los turistas extranjeros se destina a experiencias culinarias.
Un reportaje de 2025 reveló que ocho de cada diez visitantes extranjeros en Perú buscan probar la comida local, y que uno de cada seis llega al aeropuerto Jorge Chávez con la gastronomía como principal motivo de viaje. ¿El resultado? Un movimiento económico de cientos de millones de dólares gracias a restaurantes, tours gastronómicos, clases de cocina y ferias culinarias.
¿Qué ha hecho posible este éxito?
Cuando hablamos de gastronomía no sólo pensamos en chefs famosos. Detrás hay una enorme cadena de valor: restaurantes, productores, ferias, proveedores y personal de servicio. Un informe del Ministerio de la Producción peruano estima que más de un millón de personas trabaja directamente en restaurantes y negocios afines. La mayoría son mujeres y la actividad aporta alrededor del 2,5 % del PIB nacional.
Además, el sector crece cada año: sólo entre 2023 y 2024 la actividad de restaurantes aumentó un 3 %. Lima concentra buena parte del consumo, pero existen polos emergentes en ciudades como Cusco, Arequipa e Ica. El gasto de los peruanos en restaurantes supera los dos mil millones de soles al año y la recaudación fiscal asociada es significativa.

Entre premios y orgullo nacional
No es casualidad que Perú haya sido declarado varias veces “Mejor destino culinario del mundo” en los prestigiosos World Travel Awards. Los restaurantes limeños como Central, Maido y Kjolle figuran entre los mejores del mundo y la feria Mistura se volvió una parada obligada para gourmets y críticos. Todo esto es fruto de una estrategia de marca país donde el Estado y los empresarios trabajaron juntos para llevar la comida peruana al mapa global.

¿Qué oportunidades puede encontrar Bolivia en este ejemplo?
En Bolivia tenemos productos maravillosos y una tradición culinaria riquísima. Según estimaciones presentadas en la Expo Gastronómica de Santa Cruz 2024, el sector de alimentos y bebidas representa cerca del 12 % de nuestro PIB y tiene el potencial de generar más de 500 000 empleos al año. Además, iniciativas como el proyecto Manq’a han formado a miles de jóvenes en cocina, mejorando la alimentación en sus familias y creando nuevas oportunidades de negocio.
Sin embargo, aún nos falta consolidar una “marca país” gastronómica. Nuestros platos típicos del salteado de quinua al majadito o la sajta de pollo tienen lo necesario para conquistar paladares internacionales. Lo que hace falta es organización y promoción.
¿Cómo inspirarse en el camino peruano?
Bolivia tiene todo para construir su propio modelo y tener el mismo impacto económico con su gastronomía, pero no se trata de copiar, sino de adaptarse a las buenas prácticas:
– Comunicar al mundo el valor cultural de sus platos.
– Potenciar la educación gastronómica desde lo local.
– Diseñar rutas turísticas con enfoque culinario.
– Dar visibilidad a cocineros y emprendedores regionales.
– Promover ferias gastronómicas con identidad propia.
Además, vincular las experiencias culinarias con rutas patrimoniales, como ocurre en Perú con los viajes hacia Machu Picchu a través de operadores especializados como Machu Picchu Tours, puede generar más impacto no solo al turismo sino también a la gastronomía del país.
