Autor: Post Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia
Doctor en Economía. Posdoctor en Formación de Investigadores
Director Regional Cochabamba Contacto Económico
Hay un país donde la gente madruga para comprar lo que su subsuelo regala. La fila empieza a las cuatro, con frío, con garrafas vacías, con paciencia heredada. Nadie protesta demasiado: Protestar exige saber a quién, y ese conocimiento también está racionado.
Esa fila no la formó el destino: La formaron decisiones. Decisiones tomadas por hombres que confundieron un ciclo de precios con un modelo, que gastaron el gas del futuro en aplausos del presente, que subsidiaron con deuda la ilusión de que nada costaba nada. No les faltó información: Les sobró soberbia. La ignorancia simple se cura estudiando; la de ellos era la otra, la doble, la socrática: No sabían y juraban saber. Y el que jura saber ya no pregunta, y el que no pregunta gobierna a ciegas con los ojos abiertos.
Pero la ceguera de arriba necesita la oscuridad de abajo. Por eso invirtieron donde más rinde: En fabricar duda. Dudar del economista, del dato, del termómetro. Cada cifra incómoda tuvo su culpable externo; cada advertencia, su etiqueta de traición. Así se entrena a un pueblo: No negándole la escuela, sino enseñándole a desconfiar de todo, menos del micrófono. La ignorancia poblacional no fue un accidente de este modelo: Fue su combustible más rentable, el único que nunca escaseó.
A eso le llamamos democracia, y lo es, pero imperfecta: Urnas sin epistemología. Se vota con el estómago vacío y la cabeza llena de relatos, y en esa aritmética el político que estudia pierde contra el que promete, y el que advierte pierde contra el que consuela. El subdesarrollo no es nuestra etapa: Es nuestro equilibrio. Se sostiene solo, cada día, con presupuesto propio.
La factura ya llegó y no la pagan quienes la firmaron: La paga la señora de la fila, en inflación, en recesión, en bloqueos que cuestan lo que diez hospitales, en muertos que no cruzaron el piquete a tiempo. Los países, como las personas, pagan con intereses todo lo que se negaron a saber.
Y, sin embargo, la salida está a la vista, humilde y enorme: Enseñar a preguntar. Alfabetizar la sospecha, auditar la promesa, distinguir el dato del cuento. El día que esa señora deje su garrafa y haga otra fila —la de las preguntas incómodas frente a cada urna y cada micrófono—, ese día el vacío del conocimiento dejará de ser negocio. Porque ningún pueblo que pregunta hace fila para siempre.
