El otro coronavirus en América Latina

En 1987, en pleno apogeo del grupo terrorista más sanguinario de todos los tiempos en Perú “Sendero luminoso”, alguien se atrevió a escribir un interesante libro sobre la economía informal a la cual denominó “El otro sendero”; ese gran personaje se llama Hernando De Soto, economista peruano que llegó a recibir muchas condecoraciones internacionales, ya que la mencionada obra se convirtió en un best seller que luego fue traducido a varios idiomas. No sé si su gran éxito se debió al brillante contenido o al título que hace una analogía con el nombre del mencionado grupo terrorista o a una combinación de ambos.

La grave situación por la que está pasando el mundo actualmente con el coronavirus, desnuda también otros males que aquejan a la humanidad y en especial a América Latina, la misma que al tener características diferentes a las de Europa, Asía y los demás continentes, amerita también un tratamiento distinto a la referida pandemia; no copiemos solo porque el vecino lo hace, generemos nuestras propias iniciativas. Es así que con este antecedente y sin ánimo de parecerme a De Soto, escribo las siguientes líneas con el título ya referido (además, imposible competir con el contenido de una página, frente a las 317 del mencionado libro).

Prohibir la libertad de locomoción en los países de América Latina, resulta contraproducente visto de diferentes ángulos (a excepción de los afectados o candidatos a contaminarse por el coronavirus), ya que se ingresa a un proceso de parálisis colectiva con consecuencias irreversibles. Pongamos a Perú como ejemplo, donde con la intención de controlar el cumplimiento de las normativas dictadas, policías y militares están cometiendo excesos involuntarios; elogiados por unos y desaprobados por otros y cualquiera tenga la razón, pocos se preguntan, ¿será que esa persona que salió “infringiendo la ley”, efectivamente tenía una emergencia?; claro que resulta mucho más fácil sancionar que pensar.

Antes de satanizar a alguien, por qué no preguntarnos primero, ¿tendrá alimentos en su casa o tuvo que salir para ver la forma de conseguirlo?; en Perú y especialmente en Lima al igual que en Bolivia, también existe un alto porcentaje de economía informal, padres o madres que recorren grandes distancias para conseguir pan para sus hijos; hogares conformados por cinco o siete integrantes en donde uno solo es el sostén de la familia y que a veces se tiene que ausentar de su ciudad de residencia en busca de mejores opciones económicas. A estas personas (que no son pocas), que también tienen derecho a la vida al igual que los candidatos a contagiarse por el coronavirus, se les trunca toda posibilidad de supervivencia, al prohibir la libertad de locomoción, terrestre, aérea o marítima.

A veces, el pánico y la desesperación, inducen a tomar medidas contradictorias que, si bien aparentemente tienden a frenar el mal, pero por otro lado generan otras complicaciones que al momento no son notorias, pero que quizá podrían ser hasta más graves que el problema objetivo; de ahí el dicho, “cuidado que el remedio resulte peor que la enfermedad”. Si mantenemos la calma y serenidad, podemos hilar mejor las ideas, lo que a su vez permite ordenar nuestras prioridades, como requerimos hacerlo actualmente con el coronavirus. En el mundo hay más gente inteligente que lo que creemos, muchos de ellos están constantemente vertiendo sus propuestas, entonces lo único que nos está faltando es recopilarlas, ordenarlas, luego resumirlas y finalmente acatarlas; pero, evitemos en lo posible negarle sus derechos elementales a quienes sufren del otro coronavirus.

Harold Dávila Ruiz
Director General