Elegía para un niño

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El niño está llorando. Se ha quedado sin agua. La mujer ha perdido su vestido; sus brazos, sus innumerables arterias, sus ríos que riegan la vida se están secando. La mujer que no puede huir es víctima. Una violación. Un puñado de pecados. La mujer que no puede hablar se desangra. Los ojos del niño la están mirando. Y entre lágrimas recuerda: El hombre dijo que quería probarla, que quería necesitarla, pero no estaba dispuesto a escuchar. Buscó el oro, esmeraldas, combustibles; la madera indefensa que articulaba su contextura. El hombre dijo que quería amarla, que quería protegerla de todo mal, y poco a poco su amor se convirtió en tortura.

El niño llora a la orilla del Beni, a la orilla del Madera, del Madre de dios. Llora porque ha bebido mercurio; ha bebido progreso. No pudo evitarlo. Tenía mucha sed. La madre lo arropa y le reza en su idioma de viento. La madre tampoco sabe qué hacer. Encima de la draga, en el Madidi, hay una pelea mortal. Han izado una bandera de muerte y nadie sabe ya nada. Los peces fueron los primeros, varios de ellos flotan con ojos perdidos sobre las aguas quietas. No hace falta un Caronte. El hombre ha dicho que todos entren, les ha dicho – llévense todo- Les ha dado permiso; como si fuera el dueño.  

El hombre sentado en su trono también ha hablado. Ha dicho que son inventos, que no existen reservas. Que lo nuestro es nuestro y de nadie más. Ha fabricado un tipo de hambre que lo devora todo. Ha succionado de la tierra hasta la última gota. Ya lo había dicho: Que porten armas, que cacen vida.

El hombre de las alturas reclama su parte, sin conocerla. Sin entenderla. La casa de paredes verdes que nunca pidió nada. El niño la recuerda. El hombre que llegó un día a querer “limpiar” el terreno se pregunta ¿Qué vas a destruir ahora?  La mujer está enferma, cada día pierde un poco de pelaje. El hombre sigue entrando en ella. Quema y corta creyéndose eterno. ¡Creyéndose eterno! Y a los que viven dentro de ella los ha encarcelado. Les ha quitado la voz. No conoce límites.

La madre que no habla lo sigue alimentando, y el hombre la mata sin palabras. Cada día sin palabras. La envenena sin palabras. Como si no tuviera nada que decir. En silencio la mata para que nadie se entere. Han abierto un camino a través de ella, de la mujer. De lado a lado la desangran, de sur a norte sin tregua, como una eterna menstruación.

La mujer no entiende razones, y da de beber de su pecho agua dulce para el continente, de su boca lluvia fresca, de su sexo salvaje orquídeas que pintan el cielo. El niño llora. El niño está llorando.

Esto que era un parque, esto que era vida. Está condenado a desaparecer.

Alejandro Molina, Actor y escritor (aleandromo@gmail.com)